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sábado, 6 de agosto de 2011

EGO DE HUESPED (Manuel del Cabral)


Entonces...
¿Quién es que aquí me dice: —mira esta niebla, ven
a recordar tu forma primitiva? ¿No sientes
que andan peces antiguos por tus venas recientes?
¿ Quién el útero virgen del pensamiento preña?
Algo que vaga, crea, si es un ocio que sueña...
Ven a mirar tu origen que es casi amorfo, ven.
No ves que hay un solemne misterioso vaivén:
una onda que viene de no terrestres puntos
y alimenta con hondo e inefable alimento
los más sutiles filtros que hay en el pensamiento.
Barro y alma ¿qué han hecho? ¿Quién los ha puesto juntos
en este espacio ardiendo que va en el cuerpo mío?
¿Hay acaso un sentido no propio que trabaja
desde un remoto aliento tercamente en mis cosas?
¿Si he sido yo otras veces, si tal vez soy el río
que desde alguna oculta montaña siempre baja,
puedo yo estar tranquilo de este andar que no es mío?
Aire puro, a ti solo puedo decirte algo;
si vengo de las nieblas, ¿quién me ha puesto de galgo
en esta caza oscura donde una voz escucho,
una voz que me empuja, una voz que me manda
a recoger, aún viva, la codiciada presa...?
Pero, aire puro, dime: ¿por qué con ella lucho,
y entre mis dientes sangra sólo luz que se agranda,
como si entre mi boca mordiera la belleza?
¿Dime, aire puro, dime, qué voz es la que escucho
que ya no me detengo y es con la luz que lucho?
¿Es que ya entre la sangre que va en el cuerpo mío
lo más distante tiembla con mi nombre,
igual que aquella altura que tiembla bajo el río?

sábado, 16 de julio de 2011

HUESPED MAYOR EN TRES INICIACIONES (Manuel del Cabral)


INICIO PRIMERO

¿Tendrán los ciegos, oh infinito,
más niebla que los ojos que te miran?
He procurado contemplarte con la tranquilidad
que me es dable como humano.
Luego he querido hablar,
pero he comprendido que el sonido no es puro;
sólo cuando yo estoy junto a los niños
a nombrarte me atrevo, oh infinito.
A veces me es difícil convencerme
de que estoy hecho del material de tus distancias.
Pero si no viviera entre las sombras,
¿con qué estuvieran hechas mis preguntas?
Si no existiera la muerte de una madre o de una niña,
¿cómo podría pensar en ti,
en tu impasible silencio de grandeza?
¡Oh infinito, cómo puedo ser hombre
si tú desde lo alto me enseñaste a ser niño!

INICIO SEGUNDO

Si en el temblor de una yerba con rocío
puede mi instinto alimentarse de tu espacio,
¿con qué ojos puedo mirarte?
¿Con qué frente puedo concentrar tu inefable estatura?
Una ventana abierta poblada de tus altos secretos
me recoge, a ratos, con una quietud, con una serenidad
que sólo comprende tu silencio de estrellas.
Suelo, entonces, conversar conmigo mismo,
y acurrucado en mi propio pensamiento
encuentro que es un crimen que me llame Manuel,
encuentro que es un crimen el tamaño del hombre,
encuentro que es un crimen su tamaño de carne.
Y sólo tú, oh infinito,
recoges mis preguntas, te ocupas de esta hormiga,
te ocupas de limpiarle su mirada y la frente,
te ocupas de quitarle su cantidad de tierra.
Porque tú, sólo tú, inevitable infinito,
eres humilde en esta brizna de yerba húmeda temblando.
¡Enséñame a decírselo a los hombres!

INICIO TERCERO

Hoy he recobrado todas mis fuerzas, me he preparado
para poder contemplar tu plural presencia.
El hombre, es verdad que piensa,
pero es difícil, dentro de su brevedad,
que pueda comprender lo total de tu anchura,
la dignidad de tus nieblas,
la cualidad de tus abismos;
ni siquiera presiente
la grandeza de los pequeños seres que lo rodean
y que tienen su secreto tan justo,
tan virgen como el de los astros.
Pero el hombre puede derribar desde su frente
a las bestias que viven en su sangre desde su origen;
y entonces, oh infinito,
a pesar de tu extensión, a pesar de tu altura,
a pesar de tu distancia sagrada,
la pobre criatura del hombre, podrá, sin gran esfuerzo,
comprender que todo aquí es vorágine,
pura vorágine;
y podrá, también, comprender que lo soltó un hondero;
que somos una piedra —quizá la de David—,
una piedra que hace siglos anda en busca de su blanco,
pero una piedra, ¡ay!, que no encuentra al gigante,
porque inefablemente rueda dentro de él.
¡Oh infinito, sólo mi nacimiento puede dolerme igual
que tu presencia Virgen ante el hombre!